Manué siempre quiso cantar. Desde que era niño y escuchaba con los ojos y las orejas abiertos y la boca cerrada a su abuelo Manué cantar en la cocina, él solo, haciéndose compás con los nudillos contra la mesa, hasta que creció y vio a su padre cantando las mismas letras. Manué le cantaba por soléa casi en un susurro al espejo del baño y le entonaba ayes a la ducha por seguiriyas cuando el agua caliente le templaba la garganta. Pero Manué quería cantar como lo hacían todos, en las fiestas familiares, en las juergas del barrio, cuando el primo Diego sacaba su guitarra y el tío Colorao se arrancaba por bulerías en el corro y la abuela Lola, que apenas podía caminar, que le pedía a Dios todas las mañanas que le quitara las artorozisis de las rodillas o que se la llevara ya con él, se levantaba de la silla y bailaba como una niña. Unos y otros se alternaban cantando sus letritas y se lanzaban oles y arsas y asín cantan los gitanos de San Migué y qué arte má grande tiene hasta que se hacía un silencio y Manué dando un brinquito desde la silla y un salto más largo desde el miedo se ponía a cantar.

-Hijo, tú no cante, que canta mu mal, tú da parma, le decía entonces su padre mirándolo severo.

Siempre la misma reacción. Siempre la misma frase. Y Manué agachaba la cabeza avergonzado, se sentaba y se ponía a hacer compás mirando al suelo con la garganta hecha un nudo de lágrimas.

Daban igual los bautizos, las bodas, los cumpleaños o las ferias. No importaba que fuera miércoles de verano que sábado de otoño o que se hubiera alargado la noche en la peña y allí sentados todos cantaran y bailaran. Si estaba el viejo y Manué se arrancaba siempre le pedía que no lo hiciera, que lo dejara, que pa qué.

-Con lo bié que cantaba er papa y lo bié que canto yo, qué fatiga que lo único que ha heredao tú eh er nombre. Parese un gashó má que un gitano, le decía también. Y el corro se llenaba de risas.

Manué se sentía tan vacío que durante días dejaba de cantarle al alicatado.

Hasta aquella Nochebuena.

Hasta que su padre no abrió la puerta del aseo Manué no se dio cuenta de que no había echado el cerrojo.

-¿Qué hase, hijo?, le preguntó el viejo.

Manué se quedó quieto, mirando a su padre allí delante, casi ochenta años ya de pelo blanco, los carrillos calientes por el fino, agarrado aún al picaporte, con aquel billete enrollado en la mano, la línea brillante de polvo blanco sobre la cisterna verde del retrete, incapaz de decir nada.

-Papa…, ¿quiere un tortasito por la ñacle?

El viejo miró a Manué, después el billete y la cisterna, otra vez el billete y de nuevo a Manué, cerró la puerta y corrió el cerrojo.

En el salón cantaba el tío Colorao y tocaba el primo Diego por bulerías y bailaban juntas las viejas y las niñas y Manué se levantó despacio de la silla, con las pupilas crecientes clavadas en las baldosas, y empezó a cantar.

“María mira a José/y José mira a María/y un gitano canta al Niño/la nana por bulerías”

Y sin atreverse todavía a levantar la vista, mientras iba doblando ya las rodillas automáticamente para volver a sentarse, lo escuchó.

-Ahí, niño, ahí… Ahí está entrando en er cante, lo jaleaba el viejo.