La imagen es del pasado mes de agosto. En Saint-Tropez. Karl Lagerfeld viste uno de sus perpetuos trajes negros con camisa de cuello almidonado y su corbatón oscuro. También sus guantes de cuero con los dedos recortados, por donde asoman, como tortugas tímidas, unas uñas sorprendentemente largas como las que se liman con paciencia de orfebre los guitarristas. Pero eso no es lo que más llama la atención. La silueta de Lagerfeld ha ensanchado varias tallas, se ha dejado crecer la barba y, sobre todo, aparece sin gafas de sol. Las ha sustituido por unas de ver, de pasta negra, que permiten que tras casi dos décadas oculto tras sus anteojos oscuros se le vean los ojos. Son los de un hombre mayor. Unos ojos oscuros, cansados y empequeñecidos por una vida mirando a través de cristales. Leer artículo completo