De una nevera vacía Pablo Alborán (Málaga, España, 1989) sacó una nueva vida. Mejor dicho, de una nevera casi vacía. Peor aún, de una nevera que tenía como únicos habitantes de su universo frío un pedazo de sandía y un pepino podridos. Era la nevera de su casa de Madrid. La que se encontró ahora ya hace casi tres años, cuando a punto de concluir la gira de su tercer álbum, Terral, una noche, después de un concierto, como la ranchera que cantaba Joaquín Sabina, se bajó del escenario, se abrazó a su manager, Esperanza, y le dijo: “No puedo más. Llévame a casa”. Aquellas palabras fueron el comienzo de un retiro de semanas en Málaga, con su familia, de desconexión, de cancelación de compromisos y de frenada de emergencia. Pablo tenía apenas 26 años y llevaba casi seis subido a la cresta de la ola de un tsunami desde que empezase a colgar en Youtube los vídeos que anunciaban su primer disco, desde que comenzó a sonar el single de aquel trabajo, Solamente, desde que se convirtiese en un fenómeno arrollador pero también implacable para él, desde que “colapsó”, como lo define. Aquel día, frente a aquella nevera que se disponía a llenar con los alimentos que acababa de comprar en el supermercado, con el teléfono apagado, sin obligaciones, sin giras, sin entrevistas, sin nada que hacer, Pablo Alborán se encontró su nueva vida.