Sus colegas miran a Héctor Barajas con cierta envidia. Primero porque es el único que ha llegado con un portatrajes en el que dentro lleva su uniforme de gala de infante de Marina. El resto no posee ningún recuerdo físico de su paso por el ejército en Estados Unidos. Cuando abandonaron el país lo hicieron con lo puesto y expulsados. Hoy observan con envidia contenida cómo se calza las botas lustrosas y se ajusta la corbata negra y cómo sonríe sobre ella. Sobre todo eso. Contemplan la escena así porque saben lo que significa ese gesto, esa pose completa. Barajas, de Fresnillo, Tecate, fue deportado a México, su país natal, hace ocho años. Pero el pasado abril lograba por fin su anhelo de poder regresar al otro lado de la frontera con su familia y de hacerlo como ciudadano norteamericano. Lo conseguía tras una larga batalla legal y burocrática. Ahora es el mejor ejemplo para sus camaradas de que ellos también pueden lograrlo. Así lo sabe José.