Ezequiel Benítez, don Ezequiel, tiene la piel cobriza, las manos duras y callosas, el pelo plateado y una sonrisa exuberante de orgullo. Don Ezequiel empezó hace casi 50 años a coleccionar cachivaches antiguos. Primero una segadora como las que se usaban en el Valle de Mexicali a comienzos del siglo XX. Luego otra. Después rudimentarias máquinas de lavar, botellas, navajas, butacas… Literalmente, de todo. Tenía tantos objetos que un día decidió montar una pequeña exposición en un chamizo. Pero enseguida se le quedó pequeño. Y así, como cuenta satisfecho, él y dos cuates, como pudieron, mirando fotos en Internet, “sin lana ni nada, a ojo de buen cubero, clavando aquí y allá”, han construido un pueblo entero del lejano Oeste. Uno como los de las películas de vaqueros gringas que ni siquiera le gustan. Uno con 16 locales ya, con su salón, con su barbería, con su banco, que se le llena los fines de semana de visitantes que acuden a ver sus artilugios y a comer el menudo, esa sopa de caldo rojo con chile guajillo, carne de res y maíz que despierta muertos, que se sirve en sus cantinas. Leer reportaje completo