Así, sentado en un banco, bajo la sombra de un tejado de madera por el que se filtra el sol, Francisco parece un paisano de pueblo español a la puerta de su casa viendo pasar la tarde y la vida por delante. O el parroquiano de un bar de provincias que ha salido a tomarse el chato a la puerta del bar un domingo cualquiera de verano. Así, sentado en su banco, Francisco, con sus pantalones marrones, su camisa desabotonada de cuadros verdes y azules, sus gafas de sol modelo aviador, su cabeza gacha, parece guardar silencio, a la espera de que suceda algo. Lo segundo es cierto. Francisco espera la salida del ferry que une Holbox con Chiquilá, a media hora de navegación, lo que se tarda en atravesar el brazo de mar en el que el Caribe y el Golfo de México se funden sobre este bancal de arena tapizado de agua cristalina.