Dice Pepe Habichuela (Granada, 1944) que el duende no se persigue. Que el duende está donde uno menos se lo espera. Donde menos se cree que va a salir algo bonito. Que al final todo es un juego y de repente un día, sin saber bien por qué, sin ir buscándolo, brota algo mágico. Que puede estar en un teatro por la noche, en el balcón del Ayuntamiento de Pamplona al mediodía, donde tocó este agosto en el festival Flamenco on fire que él apadrina, o una mañana cualquiera en el salón de su casa. En este salón donde hoy nos recibe. En este salón de sillas blancas tapizadas en violeta y sofás a juego. En este salón que preside un cuadro grande de un gitano antiguo tocando la guitarra con un pañuelo en la cabeza: su padre. La imagen convertida en óleo del fotograma de una película que ni sabe cómo se llama en la que participó cuando era muy joven, en aquella Granada donde nacieron y crecieron los Habichuela. En aquel Sacromonte gitano de cuevas encaladas donde se hicieron guitarristas para poder comer y desde donde viajaron después al mundo. Leer reportaje completo