Cuenta que su «gente», como la llama, la familia Carmona, dice de él que es «el último mohicano». Aprendió los compases del flamenco en las madrugadas festivas de la infancia raspando una botella de aguardiente que sonaba a «gloria bendita». Se hizo guitarrista en el Sacromonte recorriendo sus cuevas con una guitarra tan vieja que cada mes pintaba su estuche en descomposición de un color diferente. Hasta que, como los toreros, se fue a Madrid a comienzos de los años sesenta a tomar la alternativa en el tablao de Torres Bermejas. Desde entonces le tocó una noche a Manolo Caracol, muchas a Camarón y treinta años a Enrique Morente, con cuyo hijo, Kiki, comparte ahora escenarios. Y así, casi como quien no quiere la cosa, con el mismo cabello azabache y las mismas patillas alargadas como un mástil, la misma predisposición al cachondeo, y las mismas dedicación y devoción por esas seis cuerdas, suma ya sesenta años pegado a su guitarra, los que este año celebra con una fiesta incluida de tres noches en el Circo Price de Madrid. Pepe Habichuela (Granada, 1944), José Antonio Carmona en el DNI, camisa de lunares azules, fular a juego, con la Almudena y el Manzanares diminuto y silencioso de fondo, entre vino blanco y Marlboros, es el final de una estirpe. El último guitarrista flamenco de una forma de tocar, entre el ayer y el siempre, que no se repetirá nunca. «Son las pulsaciones…», intenta explicarlo él. «Pero esto depende del momento en el que te encuentres. De que estés feliz. Porque cuando agarras la guitarra así, tranquilito, que vas buscando cosas… Entonces es cuando se agrandan el corazón y el alma». Leer entrevista completa