Nadie vive en México tan cerca de Estados Unidos como Eduardo. El muro de su vivienda, de piedras irregulares, construido como una partida de Tetris apresurada y con mal pulso, apenas está separado dos metros de la larga valla de barrotes rojizos y oxidados que delimita ambos países. Eduardo lleva 25 años ya viviendo aquí, en Nogales, Sonora, México, a este lado de la frontera. Esta es la tercera valla que conoce desde que en 1993 el entonces presidente Bill Clinton ordenara la construcción de la primera. Aunque la que más recuerda aún hoy es aquella de hierro negro y perforado que algunos cortaban con una sierra radial para convertir en parrilla para asados. La de ahora es imposible de cortar, pero los traficantes de marihuana han aprendido a escalarla con los fajos de hierba a la espalda. Son, como cuenta divertido Eduardo, los “hombres araña” de Sonora. Eduardo era camarero, pero ahora se dedica a hacer tortas de harina que vende después en restaurantes y colegios. Y vive aquí con 18 personas, entre sus hijos casados y sus familias y otros parientes en un entramado de casas también construidas con prisa y sin orden que trepan por la colina a las afueras de la ciudad. “A Trump le parece poco esta valla”, dice mirando los largos barrotes de más de siete metros de altura. “Pero a mi me parece muchísimo no más”. Leer reportaje completo