Pete acaba de terminar su primer pase del día cantando Suscipious minds. Se seca el sudor de la frente. Limpia el vaho que empaña sus lentes de cristales ahumados azules y montura dorada. Posa sonriente, levantando el enorme pulgar de su mano derecha como si ofreciera un amarre para barcos, con los fans que se le aproximan como se acercan los niños a Papá Noel en Navidad. Y después, por fin, resopla, se relaja y echa mano de la tartera negra que ha dejado en una mesa junto al descomunal trono de madera pintada de oro donde está sentado. Una silla talla XXXL en la que se ha arrellanado al llegar y de la que sólo se levantará durante las próximas cuatro horas a mitad de alguna canción para agitar las caderas y la cola para sorpresa y regocijo del público. Pete saca de la misma una manzana como los magos extraen conejos de sus galeras. Una manzana roja, muy roja, de cuento, que brilla cubierta por su manaza y bajo el oro de los anillos con forma de herradura y el zafiro negro que acorazan sus dedos. Leer reportaje completo