Así, sentada en esta cafetería-franquicia de Las Vegas, con su vestido violeta de flores, con sus gafas de pasta moradas, con sus rizos blancos, Marjorie Sánchezparece una afable anciana. Así, ante su enorme vaso de té helado, con su calma, su sonrisa y su mirada directa, parece la aspirante a alguna secuela de Las chicas de oro. Así, con su piel arrugada, con la dulzura con la que trata a la camarera que le trae más hielo, parece una abuelita de manual. Hasta que comienza a hablar. “¿Está usted grabando? Debo tener cuidado con lo que digo, porque no puedo contarle en qué organización ni en qué programa estoy. Nos piden que no lo digamos y debo respetarlo”, anuncia. Marjorie se pasó seis años abrazada a una máquina tragaperras en un casino de Las Vegas. Día y noche. Hasta que un día supo que había tocado fondo. “Ya llevo siguiendo este programa 18 años… ¿Esto está grabando ya?”, vuelve a preguntar. Así, Marjorie, de 78 años, parece un personaje inesperado de El club de la lucha. “Yo antes no era la persona que ahora ve. Yo era una mala persona”. Leer artículo completo