Dicen las guías de viaje, los reportajes, los libros de historia y lo repite aquel que la ha visitado, que lo mejor de Nueva Orleans es su arquitectura, su comida y su música, la sagrada trinidad de la ciudad por excelencia del Misisipi. Que este es probablemente el único lugar de Estados Unidos por el que uno camina y no se siente en Estados Unidos. Que el Barrio Francés, que así se llama porque así lo bautizaron los americanos cuando Estados Unidos compró Luisiana porque aquí vivían los colonos franceses, pero cuya mayor parte de edificios son herencia de la etapa española, con su plano trazado en cuadrícula, con sus edificios de galerías y balcones de hierro forjado, con sus muros de estuco de colores, es el barrio con más historia del país. Que su gastronomía, mezcla de las técnicas que llevaron los franceses, de los nuevos alimentos que importaron los españoles y de las recetas y del savoir faire de los esclavos negros que cocinaban para sus dueños, es la más sabrosa y especial del país de las hamburguesas, los perritos calientes y las franquicias de comida supersize. Y que la música, por supuesto, el jazz que nació de madrugada en los burdeles a finales del siglo XIX, convierten a la antigua capital de Luisiana en un destino único. Pero todo eso, en realidad, es mentira. Leer reportaje completo