A Toumani Diabaté no se le ve llegar. Antes, se le percibe por el olor, por la colonia que usa, clásica, fuerte, que inunda la atmósfera de toda la habitación. Incluso sin compartir el espacio con él, sin contacto visual, uno sabe que Toumani ya ha llegado. Primero, esa fragancia tan característica. Después aparece él, siguiendo la nube de vapor del perfume, con ese paso lento, apoyado en la muleta con la que contrarresta la cojera en la pierna derecha que le dejó la polio cuando era niño. Luego llega otra nube, pero esta vez es una de personas a su alrededor, su séquito de colaboradores o de admiradores, que no se separan de su lado. Leer reportaje completo