Segaba la hierba en su aldea del distrito nepalí de Sindhupalchok, al norte del valle de Katmandú, cuando cuatro hombres la asaltaron, vertieron algo en su boca y se quedó inconsciente. Despertó sola en una habitación con varios camastros vacíos. Aturdida. Había soñado con un terremoto y aun estaba mareada. Frente a ella vio a una mujer. Trató de hablarle. De hacerle señas. Aquella mujer se movía como ella. Repetía sus gestos. Cuando se acercó se percató de que estaba ante un espejo, pero no se reconocía. Le habían cortado el pelo, cambiado de vestido y maquillado. Horas después aparecieron los mismos hombres. Les chilló que quería volver a su casa. Trataron de calmarla. Le dijeron que la llevarían a un sitio nuevo a trabajar y que si no le gustaba podría regresar. Que no se preocupara. “¿Tienes sed?”, le preguntaron, y le ofrecieron un refresco. Cuando lo bebió volvió a saborear la misma sustancia que le había hecho caer inconsciente en su aldea. Leer reportaje completo