Alejandro Magno fue rey 13 años. Durante ese tiempo fundó más de 70 ciudades a lo largo de más de 25.000 kilómetros. Todo lo que se puso ante él lo hizo suyo. “Todos juran que soy hijo de Júpiter, pero esta herida proclama que soy un hombre”, dijo tras recibir una de las muchas heridas de guerra que cosieron su cuerpo de cicatrices. Durante aquellos 13 años vio morir a 750.000 de sus hombres. Hasta que proclamó: “Ya no hay más mundos que conquistar”. Hasta que murió en la Babilonia que también había conquistado. Alejandro sabía, como contaba, que el amor depara “dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar”. También sabía que no toda la luz proviene del sol. Julio César, emperador, arrasó la Galia y amplió su imperio hasta Hispania. Allí venció a Pompeyo y muerto este allí venció también a los soldados fieles de su enemigo que aun luchaban por él. Ya se sabe que la suerte estaba echada. Como dijo, “los cobardes agonizan muchas veces antes de morir. Los valientes ni se enteran de su muerte”. Un año después de hacerse con Hispania lo cosieron a puñaladas en Roma. Genghis Khan llevó a sus mongoles, subidos a aquellos caballos pequeños y peludos, a desbordar el mundo. Desde Europa Oriental al Pacífico. De Siberia a Mesopotamia. India y China incluidas. En 25 años su ejército conquistó más tierras que los romanos en 400. “No tuve ningún lugar donde esconderme del trueno, así que ya no lo temo”, dijo. Atila atormentó a los romanos como nadie los había atormentado antes. Sus bárbaros, porque dicen los libros de Historia que lo eran como si el resto no lo fuesen, se extendieron desde el Cáucaso hasta el Elba. Cuenta la leyenda que cuando atravesó el Rin lo seguían más de medio millón de hunos con malos humos. “Cuanto más larga es la hierba, mejor se corta de arriba hacia abajo”, contaba. Bien, pues todos ellos, lo primero que hicieron antes de lanzarse a conquistar, antes de redibujar los mapas del planeta y de alcanzar ciudades que jamás habían siquiera imaginado, fue dar un paso. Un simple paso. Alejandro lo dio en Pela, en Grecia, en su Macedonia. Julio en Roma. Genghis en el valle de Dulun-Boldaq. Atila en la llanura donde quiera que estuviese del Asia central. Un simple paso. Un día, una mañana cualquiera como otra, decidieron que iban a conquistar el mundo. Y lo hicieron. Pero todo empezó con el pequeño paso con el que salieron de sus casas. Mi ejército solo tiene un hombre. No tengo mapas ni estrategia. Ni me protegen los dioses ni la historia me acompaña. Voy desarmado. Confieso incluso que no sé cómo lo voy a hacer. Pero te conquistaré.