En Tokio ya no nos quiere, seguramente su mejor libro, Ray Loriga escribe que la memoria es como un perro tonto al que le tiras un palo y te trae cualquier cosa. Y lleva razón. Estos días he andado pensando, ya veis, pensando, que cosas, que la cabeza es como uno de esos restaurantes japoneses con sushi train en el que por unos raíles pasan continuamente platos y platos, pequeños platos con piezas de sushi, de sashimi, de tempura, de cuencos de arroz, de lo que sea que se pueda comer así casi de un bocado. Da igual lo que hagamos, el sushi train pasa y pasa. Aunque no tengamos hambre los platos con comida no dejan de pasar. La cabeza es como ese sushi train con platillos llenos de pensamientos que da igual que no queramos pensar y que da igual que estemos llenos de ellos porque seguirán pasando. De uno depende estirar la mano y decidir qué coge, si es que quiere coger algo, o si simplemente se queda uno ahí viéndolo pasar, como si nada, sonriendo al cocinero al otro lado del sushi train sabiendo que no vas a coger nada, que simplemente lo dejarás pasar. Dicen los expertos en psicología y en meditación y en todas esas cosas que eso es lo que hay que hacer, ver y dejar pasar, no intentar parar el sushi train porque cuando se intenta parar el sushi train es peor porque no depende realmente de nosotros pararlo y luego empujará más fuerte o descarrilará o vendrán los indios a caballo a asaltarlo o yo que se qué. Lo peor de todo supongo que no es no ser capaz de ver pasar la comida sabiendo que es solo comida que pasa, que ni siquiera muchas veces es comida real, que no es comida real para nosotros porque ya hemos comido o porque hemos venido al sushi train solo a mirar o porque ni siquiera estamos ahí, y no digo que ni siquiera estamos ahí como si esto fuera una historia de Shyamalan y al final estuviésemos muertos. Sino digo que ni siquiera estamos ahí porque a veces, muchas, los platillos, los pensamientos, traen comida de plástico que no es real y nosotros los miramos y nos creemos que lo es y somos capaces de cogerlo, masticarlo y tragarlo y encima quejarnos de que tenemos ardor pero que no es por lo que hemos comido. Lo peor de todo, decía, creo que es cuando pasa el sushi train y acabas volviendo a coger el maldito sushi de tortilla. Siempre es el maldito sushi de tortilla, que sabes que ni es sushi ni es nada y que no te gusta pero que te empeñas en coger y en aferrarte a él como si no hubiera otros platos mucho mejores pasando en el sushi train como ese trozo de sashimi de atún rojo brillante que da gloria verlo. En definitiva, que creo que voy a abrir una campaña en Change.org para terminar de una puta vez con el sushi de tortilla en los restaurantes japoneses. Creo que será bueno para la humanidad así en general. Cuando logre esto y un pacto nacional para que las cajeras de supermercado cobren los productos en la cinta a un ritmo más lento que nos permita superar la ira y frustración de nunca conseguir meter las cosas en la bolsa antes de que ellas terminen de escanearlas, me podré morir tranquilo. Será mi contribución por un mundo mejor. Como mucho, entonces, me podrán dedicar una estatua en un parque. Pero que sea ecuestre.