A Rafael Mateos, de 51 años, instructor de montañismo y escalada, la montaña se la contagió su padre. Sus vecinos de Las Palmas le decían que estaba “loco” por llevarse al niño allá a lo alto, a las tierras interiores de Gran Canaria, porque en Gran Canaria se vivía mirando al mar y no a la tierra. Cuando tenía cinco años, en una de aquellas excursiones, como recuerda aun hoy, su padre le contó que el Roque Nublo, un monolito de casi 90 metros de altura formado por la erupción de un estratovolcán hace más de dos millones de años, “lo habían puesto allí los guanches”, los aborígenes que habitaban las Islas Canarias antes de que la Corona de Castilla invadiese las islas a finales del siglo XV. Que lo habían llevado “a cuestas, para colocarlo al borde del precipicio en el que está, porque allí quedaba bonito”. Y Mateos, con sus cinco años, se lo creyó. Ahora sabe que la historia no era científicamente cierta, pero que su padre llevaba razón. Ahí, el Roque Nublo, envuelto en una maraña de nubes, a más de 1.800 metros de altura, está más bonito. Leer artículo completo