“Recuerdo que algunos de los músicos, que no podían tocar, que no podían tampoco ganarse la vida, tuvieron que vender sus instrumentos. Eso es terrible”. Toumani Diabaté, el músico más importante de Malí y el mejor intérprete de kora, esa arpa africana de 21 cuerdas que crece de una calabaza, habla en su camerino del Gran Teatro de Dakar, donde acaba de actuar. Se refiere a aquellos meses a finales de 2012 cuando los radicales islamistas, que habían invadido el norte de su país, prohibieron la música. Sucedió en agosto de aquel año, cuando un portavoz del grupo MUYAO (Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental), una ramificación de Al Qaeda en el Magreb, anunció por radio que en el territorio dominado quedaba prohibida toda la “música de Satán”. Y música de Satán equivalía a todo lo que a ellos les pareciese impuro. Seguir leyendo