“Me importa tres pepinos que no se pueda fumar. ¡Yo fumo! Hablar sin fumar es imposible. Denúncieme si quiere”. Alarga las manos trémulas, los dorsos huesudos y salpicados de manchas por la edad, agarra la cajetilla, extrae un cigarrillo, lo enciende y exhala el humo satisfecho. “Yo cuando fumo no miento”. Será el primer pitillo, el primer Benson & Hedges, la marca que ha fumado siempre, del paquete entero que se ventilará durante las siguientes cuatro horas de conversación. Ha llegado pocos minutos antes al Hotel Balzac, en el centro de París, donde nos encontramos. Lo ha hecho acompañado por Albert, su jefe de seguridad, como lo presenta, un negro enorme como una orca y sonriente como un niño. Dice que se lo “prestan” mutuamente el rey de Arabia Saudí y él. Albert es quien la víspera me ha enviado un mensaje por teléfono. “Su excelencia le recibirá en el Hotel Balzac mañana al mediodía. Confirme su asistencia antes de las 14 horas”. Albert es también quien me ha telefoneado inmediatamente después del mensaje. Su jefe, monsieur Sánchez, como lo llama, necesita confirmar el encuentro. Leer reportaje completo