Fue el sábado 9 de abril. Esperó 24 horas desde el estreno. Sólo un día. Después de 20 filmes sabía que llega un momento en el que uno no es capaz de juzgar su propio trabajo. Que después de un año y medio de rodaje y edición, tras haber visto la película decenas de veces en la sala de montaje, se pierde la capacidad de ser espectador. La objetividad, o lo que se aproxime a ese concepto. Y que es necesario entonces ir al cine, con público, con fuego real, para poder recuperarla; para saber qué opina la gente. Ver su reacción en directo. Y escucharla. Desde la respiración a los silencios. Porque hay silencios que dicen más que las palabras. Así que aquel día compró a través de internet una entrada para la sesión de la noche en el cine del centro de Madrid al que suele acudir. Última fila. Y llegó poco antes de que comenzara el pase. La sala estaba llena, pero sólo lo vieron aquellos compañeros de fila que, sorprendidos, reconocieron enseguida al creador de la historia que se disponían a disfrutar. Julieta, el vigésimo filme de Almodóvar, estaba a punto de comenzar. Y entre el público, sí, estaba Pedro Almodóvar, su director. Seguir leyendo…